La palabra maldita y otros escritos urgentes
54 55 confesados ignoren que la libertad vale tanto como pan y frejoles. Poco después de la frase ya dicha, añade el mozo (mozo era, y además talentudo): —Ese vejestorio de la libertad. Entonces yo le contesto: —Vieja no es, recién nacida está la pobre, y no es cosa de matarla antes de que corra por sus pies. Tal vez ni está gateando, puede ser que apenas eche su primer vagido. Aprenderla cuesta muchísimo al alma del crio- llo. Hacia atrás tenemos, de un lado, el clan indio, del otro, los «pronunciamientos» españoles. Con lo cual el espíritu nuestro la tartamudea penosa- mente, como a una palabra llena de x y de k, azteca o quechua. Otras veces la esquivez o la mala gana hacia ella se nos emboza en puro silencio. Pero lo más frecuente es sacarla a lucir cuando ella sirve de afirmadero para otros dioses. Se la trae, entonces, de carrera, como al santo mayor e indu- dable de la procesión («El Señor del Gran Poder» diría el español); su nombre se estampa en la sábana o el cartón más empingorotado que va en los desfi- les. Y se la vocea, se la vocea a toda garganta. Y es que sabemos, muy de pecho adentro, que ella es la fuente, el manadero, el punto en que se suelta el raudal de las aguas vivas. Sabemos que no es la segundona ni la mayordoma ni la ama, que es la madre, y que por su mano, de su mano, vienen las demás gracias y van cayendo los bienes de ella a nosotros uno por uno. Pero así y todo, hoy por hoy esta persona tan honrada e indudable, anda harto discutida, si no en la calle, en los hogares cerrados. En caserones burgueses tanto como en covachas, hacia derecha e izquierda, por bocas ilustradas y por bocas pro- letarias. Circula esta culebrilla negra, sesgando de malicia y sacando afuera la lengüecilla fea:
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