La palabra maldita y otros escritos urgentes

56 57 —¿La conservaremos? —¿Puede quedar? —¡Sí! —¡No! Cada uno sabe que en la plaza pública no se puede hacer el interrogatorio, que el sol es buen amigo de ella, y otro tanto el aire, y hay un hori- zonte de oídos fieles a ella todavía. Pero el silbido del contubernio, esta asamblea de viborillas y cobras que Kipling contó y pintó a fuerza de maestría, este gran rumor de la noche, traspira hacia afuera, sube y llega a los que dormi- mos a pierna suelta fiados y confiados. Entonces sabemos que ella, la primera persona, es querida de los menos y defendible por los menos. Aprendemos que los más la aman de dientes afuera «algunas veces y otras no», «por si acaso», o tal vez porque es hermosa y divina. Sí que es divina, y está en los cielos y en la tie- rra. Se la dieron al primer padre y desde él al último de nosotros, todos vivimos de ella sin saberlo. El mundo suele quedarse con solo un gramo de libertad, pero esa pizca, como la del radio, nos alumbra, nos calienta, y nos salva tarde o tem- prano. Y cuando en un lugar desaparece íntegra- mente, allí puede haber vacadas, trigo, metales y petróleo. Pero en el lugar hay un crujido de dientes, que suele oírse también en la noche, y que viene del hambre común de ella.

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