La palabra maldita y otros escritos urgentes
48 Chile, rompiéndolo todo para salvar una sola cosa, no habíamos vivido con nuestra expectación un trance semejante. Mr. Hoover, mal informado a pesar de sus vein- tiún embajadas, no sabe que el hombrecito San- dino, moruno, plebeyo e infeliz, ha tomado como un garfio la admiración de su raza, excepto uno que otro traidorzuelo o alma seca del sur. Si lo supiese, a pesar de la «impermeabilidad» a la opinión pública de la Casa Blanca (la palabra es de un periodista yanqui), se pondría a voltear esta pieza de fragua y de pelotón militar, tan parecida a los Páez, a los Artigas y a los Carreras, se volvería, a lo menos, caviloso y pararía la segunda movilización. El guerrillero no es el mineral simple que él ve y que le parece un bandido químicamente puro; no es un pasmo militar a lo Pancho Villa, conges- tionado de ganas de matar, borracho de fechoría afortunada y cortador de cabezas a lo cuento de Salgari. Ha convencido desde la prensa francesa y el aprecio español hasta el último escritor sud- americano que suele leer, temblándole el pulso, el cable que le informa de que su Sandino sigue vivo.
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