La palabra maldita y otros escritos urgentes

49 Tal vez caiga ahora esa cabeza sin peinar que trae locas las cabezas acepilladas de los marinos ocupantes; tal vez sea esta ocasión la última en el millar de las jugadas y perdidas por el invasor. Ya no se trata de una búsqueda, sino de una cacería, como decimos. Pero los marinos de Mr. Hoover van a recoger en sus manos un trofeo en el que casi todos los del sur veremos nuestra sangre y sentiremos el cho- que del amputado que ve caer su muñón. Mala mirada vamos a echarles y un voto diremos bajito o fuerte, que no hemos dicho nunca hasta ahora, a pesar de Santo Domingo y de Haití: «iMalaven- turados sean!». Porque la identificación ya comienza y la muerte de Sandino se hará de un golpe quedándose en el bloque. El guerrillero es, en un solo cuerpo, nues- tro Páez, nuestro Morelos, nuestro Carrera y nues- tro Artigas. La faena es igual; el trance es el mismo. Nos hará vivir Mr. Hoover, eso sí, una sensación de unidad continental no probada ni en 1810 por la guerra de la Independencia, porque este héroe no es local, aunque se mueva en un kilómetro de

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