La palabra maldita y otros escritos urgentes

41 «Por otra parte, el cristiano debe interesarse en parar la matanza cotidiana de esos países. Ayuda- mos casi siempre a los mejores». —Ayudan ustedes casi siempre a los peores, le dije, porque tienen que ser los peores quienes pidan que la policía extranjera les arregle la reyerta. Puede ser, volviendo a la ceiba, que la idea haya salido de un delegado del sur. ¡Tenemos una mesco- lanza tan curiosa de lagrimeo y matonismo! Varios caudillitos nuestros tienen don de «fondeamiento» y don de lágrimas, todo junto. ¿Por qué una ceiba? El artículo que me informa dice que por ser ella el árbol «más umbroso de la América». Y yo entiendo, un poco perversamente, el más espeso, para que cubra feas cosas; el que echa más diámetro de sombra, refrescadora, no ya de pasto- res y ganados completos, como el árbol del poema, sino de caucheros y mineros acalorados de logro y violencia sobre los indios. La palma no, porque no esconde cosa alguna con su voluntad de desnudez, que es una como franqueza vegetal.

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