La palabra maldita y otros escritos urgentes
40 caer, un recitado de cuaquerismo que me sorpren- día como si Kipling me dijera una jaculatoria. A raíz de esta conversación quemada de brasa mís- tica que casi le creo y casi lloro también, hablamos de eso de Santo Domingo. Y este hombre caliente de Biblia todavía me dijo las cosas más desnuda- mente cínicas sobre las gestiones de los «indepen- dientes» dominicanos «entregándome su credo de norteamericano respecto de los pueblos débi- les, pobres y desordenados». «Un pueblo fuerte y magníficamente organi- zado tiene derecho natural, que no necesita consul- tarle a nadie, de vigilar un poco sobre sus vecinos, cuyo desorden impenitente puede dañarle». «Nosotros necesitamos para nuestra industria, que va camino de hacerse mayoritaria en el mundo, el petróleo de México, la caña de Cuba y el café de Centro América. Si dejamos que en esos países cunda la riña, no explotarán lo suyo o nos estorba- rán las explotaciones a nosotros. Es prudencia, que redunda en bien de ellos, el que intervengamos».
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