La palabra maldita y otros escritos urgentes

34 35 Francia vio en la guerra aumentar día por día la llamada Legión Extranjera, formada por jóve- nes que, de los pueblos amagados por el peligro, venían a ofrecerle lo mejor que puede cederse, que es la sangre joven. Sandino, según parece, no ha visto llegar hasta hoy los mozos argentinos, chile- nos, ecuatorianos, que son su misma carne, y que le deben una lealtad temeraria y perfecta que solo la juventud puede dar. ¿Dónde está la naturalísima, la lógica Legión Hispanoamericana de Nicaragua? Sí, Froilán Turcios dice también verdad escueta asegurando que la lucha en que se ha echado como en una marejada mortal el general Sandino, alcanza y supera a las Troyas clásicas que los bachilleres aprenden de memoria para sus exámenes. Solo que aquella época, que ellos celebran en sus tesis, no tenía como esta el concepto espectacular de un choque de razas, sino que griegos y troyanos pre- cipitaron la flor de su generación en el infierno de la lucha, porque la justicia entonces era cosa más viva, más caliente e inmediata, un salto recto de flecha hacia el objeto angustiador. En nuestro tiempo, a esta hora en que escribo, y con el derecho internacional que jiba al mundo, se está «discutiendo en La Habana el derecho a dis- cutir la cuestión de Nicaragua», y se oye, con una paciencia que yo llamaría de otra manera, el dis- curso con inflexiones a lo Marco Aurelio o a lo cuá- quero, de Mr. Coolidge. Su discurso de apertura en la Conferencia Panamericana será el ejemplar mejor de la literatura política del sepulcro blanqueado, que suelen enseñarnos las razas anglosajonas. La aseveración más grave que yo he oído es la de que «en Nicaragua los norteamericanos tie- nen razón porque apoyan a un gobierno aceptado por una mayoría a la cual la intervención yanqui da complacencia a causa de las ventajas y el logro material que lleva consigo». Son palabras de un joven nicaragüense, y no le han quemado la boca, ni siquiera alterado el ros- tro cuando me las repetía. «El derecho, si por tal hemos de entender la voluntad expresa de la mayo- ría, está con el señor Díaz». Y yo le he contestado el argumento, porque he aprendido en muchas fealdades semejantes de los políticos, a distinguir

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