La palabra maldita y otros escritos urgentes
32 33 sobre Sandino». Sin esperanza alguna de que él venza, por un destino de David hondero, que ya no aparece, con la esperanza únicamente de que alargue lo más posible la resistencia y postergue la entrega del territorio rebelde, a fin de que se vea hasta dónde llega la crueldad norteamericana, hija de la lujuria de poseer. La prensa francesa y la inglesa demuestran —y hasta de ello hacen alarde— estimación hacia el Partido Liberal de Nicaragua, así como de repug- nancia por la extorsión de Estados Unidos. Si los norteamericanos no poseyeran esa impermeabi- lidad de diorita para la opinión del mundo y sus expresiones de simpatía o de repulsa, tomarían en cuenta este coro reprobatorio de los grandes cotidianos europeos. Pero su insensibilidad, que hace parte de su fuerza, los deja sordos a seme- jante réplica que ningún otro pueblo desentendería. Algunos esperan que una resistencia de un año alcance a desentumir la conciencia de los demás países nuestros y a decidirlos a una acción diplomá- tica de conjunto, semejante a la que provocó la con- ferencia de Niágara Falls en la cuestión de México. Otros desean que Sandino y su gente vayan semana a semana elevando el tono de su hazaña, para que los Estados Unidos, midiendo las difi- cultades de la dominación en un país pequeño, no emprendan la de los grandes. Tal pensamiento que he sorprendido en más de uno, me parece, por malicioso, un poco ruin. Los hispanizantes políticos, que ayudan a Nica- ragua desde su escritorio o desde un club de estu- diantes, harían cosa más honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no les toque ver otro, haciéndose sus soldados rasos. (Al cabo tiene Nicaragua dos fronteras no dema- siado pequeñas y que es posible burlar). Cuando menos, si a pesar de sus arrestos verbales, no quie- ren hacerle el préstamo de sí mismos, deberían hacer una colecta continental para dar testimonio visible de que les importa la suerte de ese pequeño ejército loco de voluntad de sacrificio. Nunca los dólares, los sucres y los bolívares suramericanos, que se gastan tan fluvialmente en sensualidades capitalinas, estarían mejor donados.
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