La palabra maldita y otros escritos urgentes

28 29 en su porción europea, parece hallarse enferma y a trechos llagada. Brazos abiertos para merecer la inmigración, para poblar en vez de diezmar, para alimentar a manos llenas y construir las moradas del pobre hombre criollo, tan digno como cualquier euro- peo de poseer realmente la tierra suya y de crear sobre ella la dicha. Agradeceremos a los presentes los frutos sanos que salgan de esta reunión, la cual es en todo caso racional e importante. Yo tengo fe en la índole apo- lítica de vuestros trabajos. Todo su éxito depende de que se obre con las puertas de par en par a fin de que los acuerdos del congreso convenzan como una empresa que busca esclarecer las vistas, orde- nar la desorientación y salvarnos la paz. Lo único que importa aquí es pensar con pre- cisión y jugar limpio. Seamos unos buenos crio- llos que tienen piedad hacia la suerte de su propia carne, y no comprometen a la generación que los sigue, y cuyos destinos están jugándose a estas horas. Nosotros debemos resolver sobre un nego- cio tan grave como la guerra, en el cual se decidirá la suerte de nuestros cuerpos y nuestras almas, y para ello debemos mantener en nuestras discusio- nes una conciencia liberada y lúcida. No nos cega- remos por el humo de la pasión ni por la flaqueza de los pueblos nuevos cuya voz se parece a la de los coros infantiles. Nuestra América ya no es un vagido en el aire del mundo; ella es una voz ancha que bien podría volverse poderosa en el cónclave de la onu, si quisiéramos, en bien del mundo, for- mar un bloque verdadero de nuestros veinte paí- ses, un anillo férreo de resistencias morales. La paz que andamos buscando a tanteos y en menudas sociedades locales, en grupos generosos pero inválidos, debería salirnos entera y rápida de aquellas Naciones Unidas, creadas para tal encargo y misión. Nuestras veintiún delegaciones bien podrían obrar allí más y mejor, y hacerlo sin timideces y zigzagueos, volviéndose así un poder real dentro de la casa de Lake Success. Pero tal vez allí seguimos siendo angostamente nacionales, y flacos, a causa de que la unidad de nuestros pueblos no llega a su sazón, y apenas si parece pergeñada. Y es que todavía no tomamos

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