La palabra maldita y otros escritos urgentes

26 27 nuestro, dominan en el mestizo y en el indígena de la América una sensibilidad y un sentido de la vida estatal y familiar que nos es peculiar y esta originalidad tenaz nos invalida para la adopción de ideologías políticas y módulos de vida remotos. Nuestras repúblicas resultan ser muy otra cosa que las europeas y todas las adaptaciones de pe a pa que hemos ensayado en esta América criolla mudaron aquí de color y esencia, perdiendo ángu- los, perfil y hasta sus entrañas mismas. Esos sistemas unas veces ganaron aquí en humanidad, pero otras veces se desfiguraron hasta volverse irreconocibles. Soy una pesimista en lo que se refiere a la suerte de Europa, por más que no deseo sino bien a la Madre que acarreó hacia el Nuevo Mundo sus esen- cias mejores y a pesar de que nos trajo, apareado con ellas, su individualismo exacerbado y suelto. No puedo callar el hecho de que entre la lectura de los cables europeos que trae la prensa diaria y el paisaje prócer del hermoso estado veracruzano, mi pensamiento constante y casi obsesional es este: hay que mantener la paz en nuestros veintiún pue- blos, a fin de que en meses o años más seamos una especie de tercer continente, la isla del refugio, un tercer frente salvador para los hombres desespe- rados, que llegarán aquí en busca de sitio donde posar los pies errantes. A ese pensamiento siguen otros: está viviendo la América Latina un momento harto confuso, pero a la vez de cierta actividad alácrita que se traduce en creaciones industriales y agrícolas; estamos a estas horas dentro de un ímpetu de acción realista y de autodeterminación decidida. El caso de México está a la vista y conforta la esperanza. Nuestras potencias fijas sobre la tragedia europea sacuden por fin sus modorras tropicales de un siglo, que fue de cultivos remolones y de técnica paupérrima. Labremos nuestra tierra en esta pausa de paz; hagamos la guardia física y moral de nuestra par- cela y completemos las independencias políticas del año 10 con la que faltó, para desgracia nues- tra, la liberación económica. Y hagamos esto no con los dientes apretados de unos nacionalismos calenturientos; hagámoslo con mira a nosotros mismos y a la reconstrucción de la latinidad que,

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