La palabra maldita y otros escritos urgentes
24 25 Creyendo, desde la raíz de mi conciencia, que esta profesión de fe pacífica representa un deber vertical, yo estoy dando aquí el testimonio que me dicta mi amor de maestra por los niños que crecen y cuyas almas no deben ser torcidas por ninguna ideología que considere a la guerra como «fata- lidad histórica» ni estime la paz como un mero paréntesis de reposo entre dos jornadas de sangre. No es vil la prédica de la paz; tampoco es infan- til; ella no indica falta de virilidad en aquellos pue- blos que la tienen como el mayor de sus bienes. Pero la paz grande y pura debe ser un principio álgido, una afilada voluntad de velar sobre ella, sea- mos católicos o protestantes, mozos o viejos, idea- listas o realistas. La paz representa una ley moral, la primera entre todas, tal vez el «imperativo categó- rico» por excelencia, y no es, como algunos creen, un mero ambiente para negocios prósperos. Aunque corramos el riesgo de ser vistos con un gesto de duda o de sospecha, todo eufemismo debe ser rebanado a estas horas por cuantos tene- mos algún coraje moral y aunque nuestra persona cuente muy poco delante del poder o del terror de los belicistas, no nos queda sino cumplir en cuanto a hijos y servidores de la persona parda y divina que llamamos paz. Aunque fuésemos una minoría flaca e ingenua, los pobres creyentes de una ente- lequia, estaríamos obligados a hacer por ella todo cuanto podamos. Otra posición nos abrasaría la conciencia como el tizón que arde aún sofocado. Porque el silencio y la inercia, cuando las patrias viven su solsticio mayor, solo se llamarían nece- dad o malicia. Yo espero que ustedes, oyéndome alegar por un asunto que muchos consideran meramente euro- peo y norteamericano, no me tomarán a estas horas de luz oblicua como cosa parecida a una rusófila embozada. Nunca me allegué a un solo problema latinoamericano sino como la criolla que soy, planta indígena marcada por su suelo en cada raíz y en cada rama de ser. El temperamento nuestro es tan original como lo son la araucaria chilena y el cac- tus mexicano. No creo en ninguna forma de vida personal y colectiva para nosotros que deba venir- nos como paquete postal desde tierras e ideolo- gías lejanas, y casi lunares. Para bien o para mal
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