La palabra maldita y otros escritos urgentes
22 23 larga paz laboriosa y la atención colectiva centrada en esos temas. Así y todo, no podemos ver con indiferencia la situación en extremo inquietante producida por la tensión mundial, pues cerrar los ojos a este hecho sería necedad o hipocresía. La suerte de la cultura occidental, conforma- dora de la nuestra, y la debacle económica que traería otro conflicto mundial, no son cosas que dejen yertos a estos veintiún pueblos, que tal vez sean los más sensibles entre los del mundo. Sen- sibles somos, y hasta de más, en cuanto a nietos de la desgraciada Europa y en cuanto a miembros de la cristiandad. El Congreso de la Paz no erró al escoger este país como su sede. México sigue siendo una patria libérrima y empapada de humanidad. No necesita nuestro congreso de mucha puja para convencer sobre las lacras de la guerra y sobre la zoología pura que ella entraña. La raza iberoamericana, inteli- gente e informada del mundo, se sabe bien la lec- ción primaria del valor de la paz y, por sabérselo, México alberga en un momento de zozobra esta cátedra colectiva de pacifismo. Si en el filo de la cir- cunstancia que vivimos la legión de la paz deser- tase entera o raleasen sus filas, ya bastante entecas, a las almas libres del mundo no les quedaría sino la aceptación de la carnicería como único corte del nudo gordiano. El solo pensar esto da cierta ver- güenza respecto del género humano. Es preciso que los que no militamos en nin- gún partido salgamos, pues, de nuestra soledad para decir sin miedo la propia convicción, que es más o menos la siguiente: la América Latina sigue siendo fiel a la causa de la paz, especialmente en la porción de sus educadores y de sus intelectuales. Bien se puede añadir a estos dos gremios el ancho sector del pueblo que trabaja en las faenas pací- ficas de la industria y del inmenso campo ameri- cano. Si resultara que estos cuatro sectores fuesen flacos –y sabemos bien que no lo son–, aun así, como simples minorías sensibles y alertas, tendría- mos el deber de juntarnos para hablar sobre una catástrofe que puede herir a la América Latina en el plexo solar de su economía y en el de sus prin- cipios espirituales.
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