La palabra maldita y otros escritos urgentes

20 21 la cuáquera, tienen que acordarse de pronto, como los desvariados, de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, este voca- blo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida, hace presencia en las escrituras sacras como una obsesión. Hay que seguir voceándola día a día, para que algo del encargo divino flote, aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante. Tengan ustedes coraje, amigos míos. El paci- fismo no es la jalea dulzona que algunos creen; el coraje lo pone en nosotros una convicción impe- tuosa que no puede quedársenos estática. Digá- mosla cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y cree una «mili- tancia de la paz», la cual llene el aire denso y sucio, y vaya purificándolo. S o b r e l a p a z y l a A m é r i c a L at i n a Creo que la América Latina es casi totalmente paci- fista. La causa de la paz nos es connatural; nuestros veintiún países no tienen nada que ganar en una guerra y casi todos miran hacia ella como a calami- dad pura. Por religión, por principios republicanos y por hábito, la matanza legal llamada «guerra» nos repugna. Por otra parte, la adhesión a cualquier bando guerrero comenzaría por dividirnos, y nues- tro interés primordial es pasar de la presente unión de nuestros pueblos a la fusión de todos ellos en una especie de Estados Unidos Centro y Sudamericanos. Somos gentes absolutamente ajenas a los inte- reses de una guerra cualquiera, sea ella de índole ideológica o comercial. La industrialización de la América Latina y con ella el bienestar del campe- sinado y la clase obrera, nos recomienda solo una * Escrito para el Congreso de la Paz, México, 1949. Repertorio Americano (Costa Rica), enero 1950.

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