La palabra maldita y otros escritos urgentes

18 19 nada les sirve el ojo claro que les está naciendo y hay que oírlos cuando los radios buscan ca- lentar su sangre para llevarlos hacia el mata- dero fenomenal. Y esta última carta: Desgraciados los que todavía quieren hablar y escribir de eso. Cuídense del mote: cualquier día cae encima de ustedes. Es un mote que si no mata, estropea la reputación de llenador de cuartillas y a lo menos marca a fuego. A su ami- go ya lo miran con ‘ojo bizco’, como diría usted. La palabra ‘paz’ es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de ‘La paz os dejo, mi paz os doy’. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva. Usted puede llorar. Usted es mujer. Yo no lloro: tengo una vergüenza que me que- ma la cara. Hemos tenido una ‘Sociedad de las Naciones’ y después unas ‘Naciones Unidas’ para acabar en esta quiebra del hombre. ¿Querrán esos, cerrándonos diarios y revistas, que hablemos como sonámbulos en los rinco- nes y en las esquinas? Yo suelo sorprenderme diciendo como un desvariado el dato con seis cifras de los muertos. (Ninguno de mis cuatro corresponsales es comunista). Yo tengo poco que agregar a esto. Mandarlo en un «Recado», eso sí. Está muy bien dicho todo lo anterior; se trata de hombres cultos de clase media y estas palabras que no llevan el sesgo de las opi- niones acomodaticias a volar sobre nuestra Amé- rica. «¡Basta! —decimos— ¡Basta de carnicerías!». Lúcidos están muchos en el Uruguay fiel, en el Chile realista, en la Costa Rica donde mucho se lee. El «error» se va volviendo el «horror». Hay palabras que, sofocadas, hablan más pre- cisamente por el sofoco y el exilio; y la de «paz» está saltando hasta de las gentes sordas o distraí- das. Porque, al fin y al cabo, los cristianos extra- viados de todas las ramas, desde la católica hasta

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