La palabra maldita y otros escritos urgentes
16 17 La primera: «Gabriela, me ha hecho mucho daño un solo artículo, uno solo, que escribí sobre la paz. Cobré en momentos cara sospechosa de agente de sueldo, de hombre alquilado». Le contesto: Yo me conozco ya, amigo mío, eso de la ‘echa- da’. Yo también la he sufrido después de veinte años de escribir en un diario, y de haber escri- to allí por mantener la ‘cuerdecilla de la voz’ que nos une con la tierra en que nacimos y que es el segundo cordón umbilical que nos ata a la madre. Lo que hacen es crear mudos y por allí desesperados. Una empresa subterránea de sofocación trabaja día a día. Y no solo el perio- dista honrado debe comerse su lengua delatora o consejera; también el que hace libros ha de tirarlos en un rincón como un objeto vergon- zoso si es que el libro no es mera entretención para los que se aburren, si él enfrenta a la car- nicería fabulosa del nordeste. Otra carta más: Ahora hay un tema maldito, señora, es el de la paz. Puede escribirse sobre cualquier asunto vergonzoso: defender el agio, los toros, la ‘fies- ta brava’ que nos exportó la madre España, y el mercado electoral doblado por la miseria. Pero no se debe escribir sobre la paz: la pa- labra es corta pero fulmina o tira de bruces, y hay que apartarse del tema vedado como del cortocircuito eléctrico. Y otra carta aún dice: No tengo ganas de escribir nada. La paz del mundo era ‘la niña’ de mis ojos. Ahora es la guerra el único suelo que nos consienten abo- nar. Ella es, además, el ‘santo y seña’ del pa- triotismo. Pero no se apure usted; lo único que quiere el llamado ‘pueblo bruto’ es que los dejen trabajar en paz para la mujer y los hi- jos. Tienen ojos y ven, los pobres. Solo que de
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