La palabra maldita y otros escritos urgentes

24 Creyendo, desde la raíz de mi conciencia, que esta profesión de fe pacífica representa un deber vertical, yo estoy dando aquí el testimonio que me dicta mi amor de maestra por los niños que crecen y cuyas almas no deben ser torcidas por ninguna ideología que considere a la guerra como «fata- lidad histórica» ni estime la paz como un mero paréntesis de reposo entre dos jornadas de sangre. No es vil la prédica de la paz; tampoco es infan- til; ella no indica falta de virilidad en aquellos pue- blos que la tienen como el mayor de sus bienes. Pero la paz grande y pura debe ser un principio álgido, una afilada voluntad de velar sobre ella, sea- mos católicos o protestantes, mozos o viejos, idea- listas o realistas. La paz representa una ley moral, la primera entre todas, tal vez el «imperativo categó- rico» por excelencia, y no es, como algunos creen, un mero ambiente para negocios prósperos. Aunque corramos el riesgo de ser vistos con un gesto de duda o de sospecha, todo eufemismo debe ser rebanado a estas horas por cuantos tene- mos algún coraje moral y aunque nuestra persona cuente muy poco delante del poder o del terror de

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