La palabra maldita y otros escritos urgentes

25 los belicistas, no nos queda sino cumplir en cuanto a hijos y servidores de la persona parda y divina que llamamos paz. Aunque fuésemos una minoría flaca e ingenua, los pobres creyentes de una ente- lequia, estaríamos obligados a hacer por ella todo cuanto podamos. Otra posición nos abrasaría la conciencia como el tizón que arde aún sofocado. Porque el silencio y la inercia, cuando las patrias viven su solsticio mayor, solo se llamarían nece- dad o malicia. Yo espero que ustedes, oyéndome alegar por un asunto que muchos consideran meramente euro- peo y norteamericano, no me tomarán a estas horas de luz oblicua como cosa parecida a una rusófila embozada. Nunca me allegué a un solo problema latinoamericano sino como la criolla que soy, planta indígena marcada por su suelo en cada raíz y en cada rama de ser. El temperamento nuestro es tan original como lo son la araucaria chilena y el cac- tus mexicano. No creo en ninguna forma de vida personal y colectiva para nosotros que deba venir- nos como paquete postal desde tierras e ideolo- gías lejanas, y casi lunares. Para bien o para mal

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