La palabra maldita y otros escritos urgentes
19 ¿Querrán esos, cerrándonos diarios y revistas, que hablemos como sonámbulos en los rinco- nes y en las esquinas? Yo suelo sorprenderme diciendo como un desvariado el dato con seis cifras de los muertos. (Ninguno de mis cuatro corresponsales es comunista). Yo tengo poco que agregar a esto. Mandarlo en un «Recado», eso sí. Está muy bien dicho todo lo anterior; se trata de hombres cultos de clase media y estas palabras que no llevan el sesgo de las opi- niones acomodaticias a volar sobre nuestra Amé- rica. «¡Basta! —decimos— ¡Basta de carnicerías!». Lúcidos están muchos en el Uruguay fiel, en el Chile realista, en la Costa Rica donde mucho se lee. El «error» se va volviendo el «horror». Hay palabras que, sofocadas, hablan más pre- cisamente por el sofoco y el exilio; y la de «paz» está saltando hasta de las gentes sordas o distraí- das. Porque, al fin y al cabo, los cristianos extra- viados de todas las ramas, desde la católica hasta
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