La palabra maldita y otros escritos urgentes

20 la cuáquera, tienen que acordarse de pronto, como los desvariados, de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, este voca- blo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida, hace presencia en las escrituras sacras como una obsesión. Hay que seguir voceándola día a día, para que algo del encargo divino flote, aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante. Tengan ustedes coraje, amigos míos. El paci- fismo no es la jalea dulzona que algunos creen; el coraje lo pone en nosotros una convicción impe- tuosa que no puede quedársenos estática. Digá- mosla cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y cree una «mili- tancia de la paz», la cual llene el aire denso y sucio, y vaya purificándolo.

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