Un puñado de almendras

28 subjetividad de la diáspora? ¿En qué lugar puede decir fey ta ñi tuwün, sino en todos? No tener un sitio al que regresar podría ser asimismo una fortaleza. Frantz Fa- non, en Los condenados de la tierra , escribió: «No basta con unirse al pueblo en ese pasado donde ya no se en- cuentra sino en ese movimiento oscilante que acaba de esbozar y a partir del cual, súbitamente, todo va a ser impugnado. A ese sitio de oculto desequilibrio, donde se encuentra el pueblo, es adonde debe dirigirnos». Con qué mirada pensaremos acerca de los territorios ancestrales si en muchos árboles en lugar de aves con nido hay perdigones incrustados. Si a un lado y al otro de la cordillera están el rifle, la motosierra, los terrate- nientes, sus policías; el ojo único del capitalismo y los estados neoliberales acechando los espacios de newen. Por la poesía de Daniela sabemos que es aún posible brotar pese a ese ahogo, siendo personas sin tierra, aun- que expandidas a lo largo del gran territorio. Cuerpo sobre cuerpo. Para ayudar contra esos males la poesía se torna presagio, hoguera, refugio y sutura a la vez. Frente a los extremos que afirman los Modos Correctos de Ser, Daniela mira el espejo trizado y ve en su reflejo solo ex- tensas ramificaciones: las arterias del Wallmapu como ríos que rastrean la morada de sus hijos. Vamos de poema en poema entre la hierba salvaje y mujeres que asoman desde los árboles. Huyen por lo

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