Un puñado de almendras
27 Ha llegado ya ese tiempo. Siempre un poco más allá de la violencia y a la espalda del odio está la memoria. La poesía es el lenguaje más preciso para aproximarnos. La poesía de Daniela Catrileo surca la memoria. Como el newen de su küpalme, viaja de un territorio ha- cia el otro, trenza los caminos. Voz de agua, palabras de agua, hija de las aguas; pero hija herida en la defensa de las aguas, que cuando alza la voz se lastima. Paradoja de la poesía: decir aquello que no puede más que lacerarnos. «La herida es nuestra evidencia», escribe Daniela. Desde esa herida colonial responde esta poesía. En lo abierto de esa herida están, por ejemplo, las largas dia- tribas sobre el problema del origen y el carácter irre- suelto del tuwün. Ante las lógicas que suelen volverse hostiles contra quienes nacimos en las ciudades, esta autora constru- ye una poética reparadora que en su potencia restaña; porque nunca volveremos a creer que el amor de nues- tros propios antiguos tiene criterios de residencia para dosificarse; porque tampoco es que la ciudad nos cobi- jó, sino que decidió expulsarnos hacia sus márgenes, a las cocinitas en que se distrae el hambre. Por fuera de los esencialismos de la siembra, el mapuche crece don- de toca, donde cayó su semilla, casi siempre demasiado lejos de sus ngen. «Tengo un fantasma por hogar», escribe. ¿Adón- de se pertenece? ¿En cuál espacio inscribe su relato la
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