Un puñado de almendras
230 editar los versos. Así se gestó gran parte de lo que hoy es el apartado final: «Posguerra», afinando el ritmo a medida que lo tanteaba con mi respiración. Así se im- pusieron los cortes de versos, la puntuación, los silen- cios. Y para relevar la influencia de los sueños, preferí mezclar los tiempos y los escenarios. Por ese entonces, vivía en un barrio céntrico de Santiago, cerca de la calle 10 de Julio Huamachuco y el Parque Bustamante. Durante las noches, el paisaje se transformaba en el escenario laboral para trabajadoras sexuales, especialmente chicas trans y travestis que se mimetizaban con letras de neón y grandes humaredas de cigarro. A veces, de madrugada, después de alguna fiesta o salida a un bar, acostumbraba a caminar sola de regreso a casa. Entonces, caía hipnotizada por sus figuras curvas y centelleantes. Les escribía poemas fic- ticios donde eran diosas que resistían a Occidente. Fue en esas caminatas donde nació el personaje de la diosa pájara, influenciada por esas mujeres que resplandecían bajo los faros de la noche santiaguina, y cuyas existen- cias me hacían sentir acompañada de vuelta al hogar, tal vez, como si fueran mi propio oráculo. Trabajé años en ese corpus, abandonándolo y reto- mándolo para reescribirlo, extenderlo y armar algo que pudiera convertirse en un libro. Con el tiempo, se su- maron varias lecturas que lo nutrieron, especialmente textos sobre teoría de la imagen y la contraépica del Poe-
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