Un puñado de almendras

229 florecen. Nuestra ficción es un manojo de sincretismos, una forma de sobrevivencia de las imágenes * . Por este motivo, en ese verso también acuño el verbo honrar: honrar lo que no se pudo decir. Las estratagemas de los pueblos del pasado fueron un gesto amoroso hacia las generaciones del futuro, pequeñas semillas en latencia. Porque más allá del genocidio, tuvieron el ímpetu de su- pervivencia: escondieron, mezclaron, festejaron, canta- ron su epistemología. Así, la impureza se transformó en una de las herramientas de resistencia. Gracias a esas tácticas, continuamos aquí. Estos asuntos me implican encarnadamente, pues no sólo me sitúo en este continente, sino que sé de cer- ca lo que significa la herida colonial. Retorno al sueño. Más allá de las imágenes, desperté con un ritmo, una especie de mantra incesante. Poco a poco le fui aña- diendo palabras a esa musicalidad. Algo me impelía a registrar apresuradamente y, antes de olvidarlo como tantos otros sueños, acogí el impulso y grabé mi voz en un pendrive. Seguí ese arrebato del cuerpo. Lo repetí varias veces hasta que su cadencia tomó fuerza en los versos. Después, con tiempo, traspasé ese canto al papel y extendí los poemas. Ensayé la lectura en voz alta en diversos lugares antes de que se transformara en un li- bro. Cada performance me permitía aguzar el oído para * Me refiero especialmente al concepto de nachleben trabajado por A. Warburg y posteriormente por G.Didi-Huberman.

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