Un puñado de almendras
23 otra razón su paciencia. La memoria sabe lo que le ha pasado a esta lengua en Puelmapu. La memoria se detiene en cosas menos perceptibles. No digo «más importantes» porque dudo que haya algo más importante que la lengua, digo menos constata- bles . A la memoria no le importa si uno calza zapatillas nike y toma a veces coca cola. La memoria se detiene en ese momento ulterior y concreto en el que sin pensarlo se descalza a tiempo de hacer el purrun o saluda al cie- lo. Se detiene, la memoria, en el modo de habitar; en la forma de ser gente. Eso sí le importa. Nacimos en castellano. En esa lengua nos dijeron «hijo mío, te amo, gracias por haber llegado». En esa lengua algunos aprendimos a comunicar. Esa lengua, no obstante, no es nuestra lengua madre. Eso también le escuché decir a Liliana Ancalao, con eso me quedo. Estoy hablando desde un sentimiento, desde un conoci- miento de hecho, desde lo que vivo. Cursé mis estudios primarios en la escuela Domingo Sarmiento, allí can- tábamos su himno «Gloria y loor, honra sin par, para el grande entre los grandes». Sarmiento, el presidente argentino que dijo en 1876 sobre nuestra gente: «su ex- terminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado». Hice mis carreras de grado en la universidad de la Pata- gonia «San Juan Bosco». Don Bosco, el misionero sale-
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