Un puñado de almendras

22 urgente que entregaron los antiguos. Y como parte de ellos, nuestros historiadores y antropólogos mapuche, las personas que trabajan la palabra, quienes comuni- can, y también katripache. Eso es algo que tampoco lo- gró el wigka: que rompamos el diálogo con lo humano, aunque sean de otra sangre. Una sola alma somos, lam- ngen Abel Curruhuinca. En este tiempo, en cambio, y a veces, nos asignan un estigma por las razones contrarias. Así ha sido la his- toria, el daño es muy vasto. No puedo yo simular un idioma que no tengo. Construir una ficción con el dic- cionario y diseminar ciertos términos que dejen tran- quilos a quienes más dudan. Podría hacerlo, no quiero. La poesía necesita que cada palabra sea mía. Ocurre constantemente que nos dicen: «¿y qué clase de poe- ta mapuche es el que no escribe en su lengua?». Nos lo dicen socarronamente; lo dicen con altanería, casi a modo de condena. Lo dice, incluso, gente de la tierra. Como si uno fuera culpable. Eso sí que duele. Siempre duele más la herida que viene de adentro; o duele, peor, de otro modo. Un triunfo del colonialismo es esta compulsión a medir lo mapuche con parámetros o actitudes wigka, sin el debido contexto. Como si se tratara de llenar un cuadro de doble entrada que pone asteriscos según la cantidad de ocurrencias lingüístico cosmovisionales que constaten pertenencia. Y la me- moria, en cambio, teje otras tramas, construye desde

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