Un puñado de almendras

21 Se ha dado el evento en el que, de golpe, alguien se dirige en mapudungun a un abuelo y la lengua emerge. Vuelve como siempre. Como si nada, vuelve. Esas es- cenas dejan boquiabierta a la familia y con pesar a los nietos. Ese pesar aparece solo en el primer momento a modo de reproche. «Si mi abuelo sabía, ¿por qué ca- lló estos años; cómo no me lo enseñó; dónde estaba?». Los abuelos reforzaron el silenciamiento con los hijos mediante la práctica de ocultamiento a los nietos: hasta que un destello, un instante, una ráfaga de pasado lo interpela y vuelve. Despierta completo el mapudungun y los pu newen sonríen. Eso pasa. Eso sigue sucediendo. Eso será cada vez más constante porque la lengua de la tierra estaba aguardando que volvamos a ser gente. De manera integral, gente . Los mayores vieron lesionadas con ensañamiento sus cualidades humanas. Quedaron kutxan y así cre- cieron sus hijos, ka kutxan. Recién ahora accedemos a la dimensión de esa herida y las formas desmedidas de violencia que padeció nuestro pueblo, en ellos. Tam- bién, y esto es aquí lo importante, a sus formas concre- tas de la resistencia. El odio no pudo tanto. Podemos hacerlo porque vamos juntos: el sujeto central de toda memoria que son los mayores, quie- nes aguardaron en torno del fuego a que uno estuviera despierto y atento, finalmente listo para conversar; la gente mapuche dispuesta a hacer poyewün, el mandato

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