Un puñado de almendras
20 Küla Nos están pidiendo el mapudungun. Por ahora nos oyen y también responden a esta forma torpe que tenemos de comunicarnos: la forma incompleta. Pero los kuyfi esperan. Lo hacen con paciencia. Como aquellos ver- sos de Silvina Ocampo que decían: «Con qué bondad nos escuchaba Dios/ cuando aún no sabíamos hablar». Mientras, escribimos en la urgencia. Escribimos en español por la urgencia de este tiem- po y por la historia del despojo que ha sido tan vasto. En mi caso, el español fue, hasta ahora, la única alter- nativa. Ojalá tenga la responsabilidad y la conciencia de recuperar esa lengua en la que alguien nombró una vez la fuerza y las formas que dieron su sentido a lo que ahora es mi apellido. Cuántas cosas no podemos nom- brar, todavía y sin embargo esperan. Qué bellos sere- mos, tan fuertes, de nuevo. Nos ha tocado atravesar muchas cosas como pueblo. Hubo una época en la que los abuelos eran sanciona- dos por hablar su lengua (escribo «sancionados» por razón de sutileza: nada de lo ocurrido fue amable). La fueron callando estratégicamente hasta que el susurro quedó naufragando en sus pensamientos y luego ya ni eso. Quedó suspendida, pero quedó agazapado el ma- pudungun, esperando el salto. El tiempo no existe.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=