Un puñado de almendras

227 Cada cierto tiempo retorno a la lectura en voz alta de ese libro, y mi cuerpo vuelve a contagiarse por su ca- dencia, es un conjunto que exige su sonoridad. Esto no es azaroso, antes del registro escritural emergió su rit- mo. Escribí Guerra florida fragmentariamente entre los años 2011 y 2018. Su arquitectura se despliega en cuatro segmentos: «Revuelta de cuerpos celestes», «Mantra de ofensiva», «Apocalipsis song» y «Posguerra». Su lenguaje sostiene una trama de fondo: la llegada de ene- migos colonos a un continente habitado por mujeres y otros cuerpos feminizados. Ante la amenaza, se desata una supuesta guerra. La protagonista y voz principal de los poemas es una guerrera indígena que lucha contra el invasor. Escogí el título porque evoca un acontecimiento significativo en Abya Yala, es decir, el nombre sitúa un territorio. Sin embargo, el libro no trata específicamen- te sobre los ritos de «las guerras floridas» en México, aunque sí tejo diversos imaginarios de pueblos indíge- nas para alimentar el corpus de imágenes resonantes. Es una escritura champurria, es una poética impura. Durante el año 2011 estudiaba Filosofía. Fue un tiempo convulso, eclosionó con fuerza la movilización estudiantil caracterizada por una serie de manifestacio- nes políticas en todo Chile. El tumulto colectivo es parte de la banda sonora de ese libro. Una de aquellas noches, en medio de ese fervor, tuve sueños que integraban es-

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