Un puñado de almendras
225 La consigna-contraseña del poema podría ser la forma de acercarse a ese instante efímero, la invitación a retornar a las brasas como ejercicio sensible, como memoria viva. Volvemos a Spinoza: afectarnos y ser afectadxs. La afectación es la manera en que los cuer- pos interactúan y se influyen mutuamente. Dejar que el sufrimiento del otrx nos palpe, el poema como con-tac- to. Sentir en estos cuerpos lo que acontece en otrx, en- tender así nuestra vulnerabilidad: una forma de morar. Alicia Genovese nos dice: «La poesía puede hacer que el yo poético se cargue de matices, no sea un mero pro- nombre, hable blandiendo una espada filosa o hable desde un capullo de seda como si su enunciación fuese graficada desde un ideograma chino. Puede conformar su voz según la posición subjetiva que adopta quien es- cribe, según sea su lugar de enunciación». Reverberar, retumbar en aquello que no soy. Escuchar la voz del te- rritorio, la voz de otrx, la nuestra. Ir a esos filamentos urdidos que están muy lejos de ser un discurso, un acto comunicativo, una información, un panfleto. Un poema es diálogo, no monólogo. El poema piensa, el poema siente, en su furia, en su compasión. Y eso es justamente lo que nos toca pensar, lo que nos toca sentir. ¿Desde qué territorio quiero escribir? ¿A qué flor de almendro me voy a aferrar? Aunque el poema nunca lo diga todo, aunque mantenga su secre- to-contraseña, aunque vele su técnica, su artificio, su
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