Un puñado de almendras

224 Por eso, no creo que nuestra intimidad esté aislada del contexto y el territorio en el que nos situamos. Porque en ese espacio trazamos nuestra experiencia, donde nos enamoramos, crecimos y deseamos. El lugar del que nos fugamos, nos exiliamos. El lugar que soñamos, que odia- mos, en el que resistimos, en el que imaginamos. Un poe- ma es también un fragmento de ese mundo, con nuestras propias esquirlas, manchas e intuiciones, porque no se escribe sin un cuerpo. «Y así como no existe un cuer- po sin marcadores sociales, no existe una literatura sin pertenencia», reflexiona Helio F. Garcés en Literatura y raza , apuntando especialmente a quienes, desde su pri- vilegio racial, creen pretenciosamente que su escritura es universal y cosmopolita, sin una identidad reconocible. Como si no tuvieran un cúmulo de señales entrelíneas, tras sus palabras, entre sus imágenes. No se escribe sin todas las recolecciones que albergamos. Todo territorio tiene lenguaje. Nos habla, nos susurra, nos dona su rit- mo y voz. Ejercemos relaciones, porque no basta con la contemplación. Ese vínculo potencia que podamos movilizarnos, ir más allá de la comodidad, y zurcir fir- memente nuestra conexión con todo lo existente: con el entorno material, incluyendo el temblor y el sosiego. So- mos nosotrxs quienes traducimos ese encuentro, quienes tomamos la elección de transformarlo, de responder a la pregunta: ¿y qué escribo con todo lo recolectado? Sean heridas, revueltas, dolores, goces, murmullos.

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