Un puñado de almendras
223 los términos pragmáticos, es inútil para quien desea la captura, la inmediatez. Entonces, la poesía como consigna podría traducir- se como un encuentro desinteresado, una manera de arrojarse a esa falta que intentamos cobijar mediante el poema. ¿Cuántas personas estarán, en este preciso mo- mento, leyendo, escribiendo, traduciendo un poema? Conmovidas por el gesto inútil, estremecidas por este tejido que somos, más allá de nosotrxs mismxs, incluso. Porque lo inútil no implica que carezca de calor, que no sea una pequeña hoguera. Un refugio diminuto como los que encontramos en la cima de una montaña, a la que hemos llegado con dificultad, cruzando acantilados, quebradas y puentes movedizos. Un espacio que final- mente nos hace sentir más acompañadxs. Y así, como nuestras percepciones sensibles, nuestras emociones, nuestras formas de conocimiento que van más allá de la razón, que han sido desplazadas por epistemologías sin combustión, reivindicar esa deriva, su maceración, su contraceleridad, se torna nuestra estrategia para en- contrarnos. Ese afuera, ese acontecimiento, cuerpo a cuerpo, es también lo que nos convoca poéticamente. Ardemos porque la bruma es densa. La poesía existe porque todavía nos asombramos, porque no hemos abandonado la compasión. Y en ese movimiento, nunca estamos solxs.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=