Un puñado de almendras
222 y espectacularidad. Y digo inútil de la misma manera en que digo contaminación, desde su belleza más indómi- ta: desde la dislocación del término, desde la otra po- sibilidad de sus significados. Es inútil porque su calor se resiste, se arranca de todo encorsetamiento; porque al escribir evidencia una falta: usamos palabras que no alcanzan, sabemos que el trayecto es un viaje frustrado, nos incomodamos, nos dilatamos, pero lo intentamos, una y otra vez, a pesar de la herida, a pesar del lengua- je. Al leerla, siempre habrá un «fragmento enterrado», parafraseando a Heaney. El poema es una traducción velada que, de todas formas, nos toca. Es inútil en el sen- tido inconsumible que la pensaba Pasolini, en su porfía antisistema: «Dicen que el sistema se lo come todo, que lo asimila todo. No es cierto, hay cosas que el sistema no puede asimilar, no puede digerir. Una de ellas, por ejemplo, es precisamente la poesía: en mi opinión, es inconsumible. Uno puede leer miles de veces un libro de poemas y no consumirlo. La consumición la sufre el libro, pero no la poesía». O, como sugiere Camila Sosa Villada: «Para mi familia no debe haber existido pro- fesión más inútil que la de la escritura. Escribir no da dinero, no compra autos, no construye casas, no se va de vacaciones, escribir no es más que perder el tiempo, lo único que se tiene. La pérdida». El texto poético es materia que no se posee, se detiene y vuelve atrás. Evade
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