Un puñado de almendras

221 competitivos, no individualistas, no coloniales ni des- pojadores, es necesaria la colaboración. «Colaborar implica trabajar a través de la diferencia, lo que a su vez conduce a la contaminación», escribe. ¿Qué tanto nos engañamos cuando creemos salvarnos solxs? Como si la influencia, la prótesis, el tejido no estuvieran allí, incluso muy adentro de nosotrxs. Considero que algo similar sucede con la escritura poética, con el poema. La poesía es, nace a partir de un cúmulo de cuerpos, especies, territorios y sus encuentros. La poesía como creación, como hacer, como artesanía. El poema es voz tuya, voz mía, al unísono. Retomo el título: «La poesía como consigna». ¿Consigna de qué?, pienso. ¿Lema, orden, directriz? No lo creo. Tal vez sea apenas un tanteo, un intento por el apretón de manos que concebía Celan: «Solo manos verdaderas escriben poemas verdaderos. No veo ningu- na diferencia de principio entre el apretón de mano y el poema». Elijo esa acepción del diccionario: «Consig- na» como contraseña, es decir, el gesto secreto que nos invita, la revelación que nos impele al acercamiento, en otras palabras: el encuentro. Sí, otra vez la contamina- ción y el enredo de infancias esperando sus almendras. A veces parece increíble que, ante el estado del mun- do, las crisis, los modelos de destrucción y la celeridad neoliberal, insistamos con algo tan inútil como la poe- sía, especialmente frente a la solicitud de transparencia

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