Un puñado de almendras

219 la casa de mi abuela materna. Un jardín con un árbol abarrotado de limones, un patio bajo la sombra de una parra, plantas de diferentes especies y la experiencia de contemplar el despliegue de sus corolas. Puede que su origen sea el barrio donde estaba ese hogar: más allá de la reja, se alzaba un almendro macizo, cuyas flores de matices blanco y rosa diseminaban una estela de pétalos caídos en los techos vecinos, lo más parecido a la nieve, lo más parecido a la espuma. Quizás era una imagen suspendida entre lo cotidia- no y el rito vecinal. La presencia de aquel almendro ocupa un lugar significativo en mi infancia. Cada vez que su florescencia daba paso a los frutos y las almen- dras asomaban, el vecino de esa casa convocaba a los niños y niñas del pasaje. Allí, expectantes, rodeábamos el árbol como si fuese una gran piñata vegetal. Él mecía el tronco con fuerza y las ramas inclinadas soltaban sus semillas. Entonces, en un enredo fervoroso de rodillas, tierra y trenzas, acumulábamos en nuestros manos y poleras todo lo que pudiésemos sostener: lo que cabía al interior de un puño y de su tamaño corazón. Luego, machacábamos la doble cáscara del fruto para presen- ciar y engullir la semilla. Tal vez era esa la idea de belleza que anhelaba en la amistad, ceremonias mundanas, escenas ínfimas, donde el barrio se congregaba en torno a pequeños aconteci-

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