Un puñado de almendras

218 critura. La emoción parecía predominar en mi forma de percibir su impulso; aunque no supiera decirlo de ese modo, lo sentía. Ella no me desagradaba, sin embargo, la amistad para las niñas puede ser un asunto muy serio. Las esquelas, las cartas, las tarjetas tenían un destino elegido, un lugar deseado. Quizás por eso decidí escri- bir sobre una imagen, aquello que podría representar la amistad. Obviamente, en ese momento no sabía nada de metáforas, elipsis ni versos concretos, sólo intenté escribir algo que impulsara la belleza, la idea de belleza que concebía a esa edad. Era, por supuesto, un intento de poema escrito por una niña, con versos cursis, signos de exclamación y una obsesión por la palabra «linda» (así también bauticé al conejo que me acompañó en la infancia). Influenciada probablemente por los poemas de los libros escolares, las oraciones del colegio religioso y los buenos deseos de algunas tarjetas conmemorativas que eran comunes por esa época. Sin embargo, lo que recuerdo con inten- sidad es una de las imágenes que quise transmitir: un tejado cubierto de flores. ¿De dónde proviene esa imagen? Me inquieta esa inscripción como símil de la amistad, tal vez porque me interesa pensar cómo se incorpora el poema en una. O tal como expresa el poeta irlandés Seamus Heaney, de qué forma aparece aquello que excavamos, lo que llevamos enterrado dentro. Puede que su origen sea

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