Un puñado de almendras
217 Los primeros versos: retazos de infancia * Comencé a escribir poesía desde muy niña. El primer poema que recuerdo haber escrito fue una tarea del co- legio para el «día de la amistad». Estábamos en unas salas pequeñas, con muebles de madera descascarada y ventanas pintadas con un esmalte blanco para evitar que nos distrajéramos con los movimientos del viento o las aves. Sólo importaban la pizarra, el polvo en suspensión de la tiza blanca, la mirada al frente y las sutiles marcas de lápiz grafito que dividían los escritorios compartidos. Por este recuerdo del espacio puedo situar edad y curso, tenía siete años, estaba en segundo básico. La instrucción era sencilla: regalar una tarjeta hecha con nuestras pequeñas manos a las compañeras de ban- co, bajo la consigna de la amistad. Pero mi compañera no era mi amiga, y en esos años me complicaba dedicar palabras a alguien por quien no sentía un afecto espe- cial. Las palabras eran importantes, recién comenzaba a modelarlas, recolectarlas y memorizarlas para su es- * Un extracto de este ensayo fue presentado en el Seminario Calzas Largas, realizado en Valdivia (octubre, 2024) cuando fui invitada a dar una charla sobre «la poesía como consigna», entendida desde su potencial político y público. Tomando esa orientación, decidí excavar en el ejercicio poético como encuentro, a partir de retazos de infancia, lecturas y experiencias con la escritura. El resultado fue un texto de cariz oral, sin embargo, aquí presento una versión extendida y macerada para su lectura.
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