Un puñado de almendras

18 imagen poética la de Elicura cuando escribe «La poesía es el hondo susurro de los asesinados». Parece que sí, pero no lo son: se asemejan. No podemos escribir poesía en la flor sin señalar la sutileza de sus pétalos cuando van despertando. Cuan- do ganan color, cuando entregan su aroma. No podemos mencionar esa flor sin decir la arrancaron . Lastimaron sus partes, salpicaron su sangre y después la asediaron. Tampoco podemos hablar de la flor sin suponer la se- milla, esa memoria que espera. El hilo en la voz de una anciana que en el instante previo a su muerte recuerda: «aquella vez una flor, y yo la tuve en mis manos». La información en destellos conduce al regreso. No se trata de una flor, se trata de nuestra historia. Por eso no podemos decir frescamente «es poesía nomás», no queremos. Queremos recuperar en el mar- co del lenguaje el misterio de un mundo que fue desar- mado una vez, al que siguen condenando. Pero la flor de los pueblos es un yuyo que brota pequeño por doquier. «La belleza es una flor que crece en cualquier parte», escribió el poeta Jorge Spíndola. Crece esa florcita ama- rilla al costado de los caminos, rompe el cemento, se disemina por todos los sitios como quien dice aquí esta- mos . ¡Petu Mongueleiñ, pu rayen! Aquí estamos. Cuando parezca que diseñamos un lenguaje poético estamos ejercitando un modo de vol-

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