Un puñado de almendras

17 que necesitamos, «ni más, ni menos». Pero Humpty Dumpty hablaba desde el poder y nosotros hablamos desde la ternura. No es poesía nomás. Nunca, en la historia del mun- do, la poesía fue «poesía» nomás. Estoy aludiendo al uso coloquial e incluso genérico de ese término. Los que sobrevivimos a nuestras muertes cotidianas y a las formas crueles de la muerte de nuestros ancestros por favor de la poesía sabemos que esta palabra solo admite un sentido amplio. El resto es esteticismo. Cuando Liliana Ancalao escribe en un poema que el río «se avergüenza» por lo que ocurrió en su orilla no es una personificación («los bautismos seriales/ a la gente de Pincén/ perpetrados por/ el salesiano Cos- tamagna/ en el nombre de su padre/ de su hijo y de su espíritu/ en la orilla del río/ avergonzado»); no hay metáfora si Graciela Huinao escribe en su Salmo 1492: «nunca fuimos el pueblo señalado, pero nos matan en señal de la cruz». No son una hipérbole los versos de Daniela Catrileo «nacimos con el río herido/ nuestra mancha en el costado»; ni exagera Lienlaf cuando dice que «el viento/ se enloqueció entre las rocas/ porque a sus oídos/ ya no llega/ el canto suave de los árboles». No se trata de un recurso intertextual cuando David Aniñir escribe «Danos hoy nuestro pan que nos quitan día a día/ perdona nuestras verdades/ así como noso- tros condenamos/ a quien no las entiende». No es una

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