Un puñado de almendras

14 Kiñe Escribimos poesía así como otros sueñan. Como nues- tros longko reciben en la mansa noche todavía avisos de peligro y trueno. Estoy utilizando metáforas viejas y por dolor conocidas, pero todavía vigentes. Algo de los pew- ma del gran Moctezuma ha sido recurrente. Escribimos poesía como a nuestros machi les tiembla la piel y se les da el saber que nos tiene a salvo. Escribimos poesía como cuando la sombra de un árbol se dobla sobre un espacio sagrado al que abraza. Escribimos poesía como cuando nace un niño. Existe, todavía, ese orden. O con mayor rigor: sobre-existe. Y cada vez que se altera ahí vamos cada uno a restituir desde su lenguaje el mundo. Pero a nuestros longko los procesan; a nuestros machi reprimen; al territorio lo cercan y lo condenan a ser de ese modo un espacio sangrado. Con el espacio sagrado sangrado nos desangramos todos. Incluso esos niños que nacen. Sobre esto trata, también, la poesía. Nos han querido regresar a todos los estereotipos. De todos ellos nos escapamos. Resistimos la imagen del doliente prosternado elegíaco indio casi niño que pide cobijo (una imagen que supo ser, sin embargo, poética), y la del sedicioso tirador de flechas, piedras o de bom- bas (una imagen activa, de clara raigambre política). Pero no lloramos: hablamos. Y no atacamos: decimos. Estamos, con nuestros cuerpos enfermos, intoxicados,

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=