Reordenamiento de los días

19 na vez definió Raquel Olea a El orden de los días , en nuestras manos disponemos de una «radiografía psí- quica del territorio urbano», y bien como radiografía o como escáner, si hay una continuidad que se trasluce entre El orden de los días —texto matriz— y el Reordena- miento de los días , esta es la continuidad de la impoten- cia. El reordenamiento, ironía vertebral, es la reorgani- zación de una gran impotencia colectiva. Dividido en cuatro secciones, el Reordenamiento de los días no es so- lamente la reconfiguración de un orden de los tiempos al modo de la llamada vuelta a la democracia, sino que es la demostración de una singular paradoja, tan senci- lla como atemorizante: a la vez que los tiempos nuevos llegaron, la espera de nuestra transformación social nunca había estado tan aplazada. El sueño temprana- mente reveló sus costuras, y «la vida continúa» por cierto, pero la pesadilla se tragó la llave; «la edificación del tiempo cae en picada/ pulveriza el acto de cualquier amanecer». Dijo Nicanor Parra en el poema «Chile»: «Santiago es un desierto./ Creemos ser país/ y la ver- dad es que somos apenas un paisaje»; tiempo después Bárbara Délano en Playas de fuego diría que «Este es el lugar de los crímenes./ La muerte es el único museo abierto». A esto Elvira Hernández replica que «Por años he vivido a la deriva de pantano en pantano./ Y en lo que viene o doy vueltas por el aire/ o me devoro en mis raíces». Paisaje estancado, museo abierto en medio

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