Reordenamiento de los días

16 minar y con el olfato bien encendido seguirle la pista a las señales de esta poesía merodeadora, que transita la calle y con la cabeza gacha, casi invisible entre la ga- llada, le busca las esquinas chuecas a una ciudad que ha sabido levantarse sobre un suelo erosionado, curtido por los cuerpos que devuelven los ríos. Una y otra vez, con tenacidad «salir a patrullar Santiago», y observar las velocidades con que nos encaminamos a los traba- jos para de pronto detenernos y, si estamos de suerte, reparar en ese tiempo tan particular cuando el reloj nos chicotea los dedos, y entrevemos un velo que no solo se nos carga encima y nos encorva los hombros hacia de- lante, sino que pareciera cubrirlo todo: los edificios, el cielo, la respiración. «Me cubre este vilísimo tiempo», dice el epígrafe de Mistral que abre el Reordenamiento de los días , y tendríamos que preguntarnos qué tiempo es este con que la cercanía del adjetivo nos interpela. Qué tiempo, este que cubrió los humores de Mistral, y que hoy guante Elvira Hernández se agacha a recoger. Cuando hubo oportunidad de editar este libro —una mezcla de fortuna y, sobre todo, de genuina generosi- dad— nos encontramos con un trabajo que a la vez que se venía larvando desde hace muchos años, se nos pre- sentó como un vaso comunicante, no solo con otros li- bros anteriores —de Elvira, claro, pero también de un momento generacional—, sino entre distintos tiempos que aún ciñen el presente y que han hollado el paisaje y

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