Lagar

90 En la celda, las olas de bochorno y frío, de los dos, yo me las siento, y trueque y turno que hacen y deshacen de queja y queja los dos prisioneros, ¡y su guardián nocturno ni ve ni oye que dos espaldas son y dos lamentos! Al rematar el pobre día nuestro, hace el ángel dormir al prisionero, dando y lloviendo olvido imponderable a puñados de noche y de silencio. Y yo desde mi casa que lo gime hasta la suya, que es dedal ardiendo, como quien no conoce otro camino, en lanzadera viva voy y vengo, y al fin se abren los muros y me dejan pasar el hierro, la brea, el cemento... En lo oscuro, mi amor que come moho y telarañas, cuando es que yo llego, entero ríe a lo blanquidorado; a mi piel, a mi fruta y a mi cesto. El canasto de frutas a hurtadillas destapo, y uva a uva se lo entrego; la sidra se la doy pausadamente, por que el sorbo no mate a mi sediento, y al moverse le siguen —pajarillos de perdición— sus grillos cenicientos. Vuestro hermano vivía con vosotros hasta el día de cielo y umbral negro; pero es hermano vuestro, mientras sea

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