Lagar

91 la sal aguda y el agraz acedo, hermano con su cifra y sin su cifra, y libre o tanteando en su agujero, y es bueno, sí, que hablemos de él, sentados o caminando, y en vela o durmiendo, si lo hemos de contar como una fábula cuando nos haga responder su Dueño. Y cuando rueda la nieve los tejados o a sus espaldas cae el aguacero, mi calor con su hielo se pelea en el pecho de mi hombre friolento: él ríe entero a mi nombre y mi rostro y al cesto ardiendo con que lo festejo. ¡Y puedo, calentando sus rodillas, contar como David todos sus huesos! Pero por más que le allegue mi hálito y le funda su sangre pecho a pecho, ¡cómo con brazo arqueado de cuna yo rompo cedro y pizarra de techos, si en dos mil días los hombres sellaron este panal cuya cera de infierno más arde más, que aceites y resinas, y que la pez, y arde mudo y sin tiempo!

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