Lagar

87 Mientras que en ángulo encalado, sin alzar mano, aunque tejía, María, en azul mayólica, algo en el aire quieto hacía: ¿qué era aquello que no se acababa, ni era mudado ni le cundía? Y un mediodía ojidorado, cuando es que Marta rehacía a diez manos la vieja Judea, sin voz ni gesto pasó María. Solo se hizo más dejada, solo embebió sus mejillas, y se quedó en santo y seña de su espalda, en la cal fría, un helecho tembloroso, una lenta estalactita, y no más que un gran silencio que rayo ni grito rompían. Cuando Marta envejeció, sosegaron horno y cocina; la casa ganó su sueño, quedó la escalera supina, y en adormeciendo Marta, y pasando de roja a salina, fue a sentarse acurrucada en el ángulo de María, donde con pasmo y silencio apenas su boca movía...

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