Lagar
73 La desvelada —En cuanto engruesa la noche y lo erguido se recuesta, y se endereza lo rendido, le oigo subir las escaleras. Nada importa que no le oigan y solamente yo lo sienta. ¡A qué había de escucharlo el desvelo de otra sierva! En un aliento mío sube y yo padezco hasta que llega —cascada loca que su destino una vez baja y otras repecha, y loco espino calenturiento castañeteando contra mi puerta. No me alzo, no abro los ojos, y sigo su forma entera. Un instante, como precitos, bajo la noche tenemos tregua; pero le oigo bajar de nuevo como en una marea eterna. Él va y viene toda la noche dádiva absurda, dada y devuelta, medusa en olas levantada que ya se ve, que ya se acerca. Desde mi lecho yo lo ayudo con el aliento que me queda,
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