Lagar

67 La ansiosa Antes que él eche a andar, está quedado el viento norte, hay una luz enferma, el camino blanquea en brazo muerto y, sin gracia de amor, pesa la tierra. Y cuando viene, lo sé por el aire que me lo dice, alácrito y agudo; y abre mi grito en la venteada un tubo que le mima y le cela los cabellos, y le guarda los ojos del pedrisco. Vilano o junco ebrio parecía; apenas era y ya no voltijea; viene más puro que el disco lanzado, más recto, más que el albatros sediento, y ahora ya la punta de mis brazos afirman su cintura en la carrera... Pero ya saben mi cuerpo y mi alma que viene caminando por la raya amoratada de mi largo grito, sin enredarse en el fresno glorioso ni relajarse en los bancos de arena. ¿Cómo no ha de llegar si me lo traen los elementos a los que fui dada? El agua me lo alumbra en los hondones, el fuego me lo urge en el poniente y el viento norte aguija sus costados.

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