Lagar
68 Mi grito vivo no se le relaja; ciego y exacto lo alcanza en los riscos. Avanza abriendo el matorral espeso y al acercarse ya suelta su espalda, libre lo deja y se apaga en mi puerta. Y ya no hay voz cuando cae a mis brazos porque toda ella quedó consumida, y este silencio es más fuerte que el grito si así nos deja con los rostros blancos.
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