Lagar
66 Estoy quemando lo que tuvimos: los anchos muros, las altas vigas, descuajando una por una las doce puertas que abrías y cegando a golpes de hacha el aljibe de la alegría. Voy a esparcir, voleada, la cosecha ayer cogida, a vaciar odres de vino y a soltar aves cautivas; a romper como mi cuerpo los miembros de la «masía» y a medir con brazos altos la parva de las cenizas. ¡Cómo duele, cómo cuesta, cómo eran las cosas divinas, y no quieren morir, y se quejan muriendo, y abren sus entrañas vívidas! Los leños entienden y hablan, el vino empinándose mira, y la banda de pájaros sube torpe y rota como neblina. Venga el viento, arda mi casa mejor que bosque de resinas; caigan rojos y sesgados el molino y la torre madrina. ¡Mi noche, apurada del fuego, mi pobre noche no llegue al día!
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