Lagar
57 Ni se mueve ni se cansa, brecha divina, rama entreabierta. Con el corazón los llamo, sin gesto, silbo, ni grito y el venir es el doblarse, y ser los dos siendo que es ella. Es mi día hora por hora esperarles tras una puerta segura de ellos como de mí, ojos, oídos y alma ciertas. El crepúsculo se me tarda o se me apura sobre la tierra. Maduro en fruta nunca vista fija, alba, calenturienta.
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