Lagar
178 «¡No!», dicen a las mañanas, aunque las bañen, las tiernas. Dicen «¡no!» al viento marino que en su frente palmotea y al olor de pinos nuevos que se viene por la sierra. Y lo mismo que Cassandra, no salvan aunque bien sepan: porque mi duro destino él también pasó mi puerta. Cuando golpeo me turban igual que la vez primera. El seco dintel da luces como la espada despierta y los batientes se avivan en escapadas gacelas. Entro como quien levanta paño de cara encubierta, sin saber lo que me tiene mi casa de angosta almendra y pregunto si me aguarda mi salvación o mi pérdida. Ya quiero irme y dejar el sobrehaz de la tierra, el horizonte que acaba como un ciervo, de tristeza, y las puertas de los hombres selladas como cisternas. Por no voltear en la mano sus llaves de anguilas muertas
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